París resultaba un poco caro para mi bolsillo, pero aun así, me mantuve firme para completar mi rally propuesto, conociendo por fin la Universidad de la Sorbonne donde había estudiado mi querida amiga la Maga, de quien yo no tenía ni idea de su verdadero nombre... por lo que encontrarla ahora me resultaba un sueño casi imposible... no me quedó más que recordarla en medio de mis ríos peruanos y del Gran Amazonas, en Manaus, donde nos despedimos... Así me encontré en este recinto del conocimiento, recordando a la Maga y dilucidando por dónde continuaría mi gran viaje, si por las ciudades que más me atraían de Italia o por Viena, capital de Austria, donde había nacido uno de mis grandes amores platónicos: Wolfgang Amadeus Mozart...
No tuve que tirar la moneda, simplemente en vista que me negaron la visa para entrar a Austria; no me quedó más que dirigirme a Grecia por la ruta de Italia. Mas, en la estación de Lyon, cuando estuve haciendo fila para comprar mi boleto a Venecia, escuché comentar a unos jóvenes argentinos, que la película de Milos Forman, Amadeus, había sido filmada en la ciudad de Praga, porque esta ciudad tenía la particularidad de mantenerse tal cual en épocas pasadas, sin ningún aviso publicitario en las fachadas de sus edificios, sin ningún cambio en su imagen urbana por los avances tecnológicos... Esta noticia me cayó de maravilla y cambié mi ruta italiana por la de Praga... a ojos cerrados... Fue una excelente elección... la capital checa con su río Moldava, su puente Carlos, su Callejón del Oro, su gran Castillo, sus callecitas medievales, su reloj astronómico y miles de turistas, me estaban esperando...
Al igual que en París, me hospedé en un hotel de tercera, para mí era suficiente pagar diez o quince dólares por día (o noche)... Trataba de practicar siempre mis ejercicios de respiración, concentración y meditación que Tauna me había enseñado... Caminaba mucho... una que otra vez llamaba a mi madre, le enviaba postales, cartas... no llevaba cámara fotográfica para no atraer la codicia de algún amigo de lo ajeno... Mis alimentos eran sencillos, casi nunca entraba a un restaurante; más bien compraba lo que necesitaba en los supermercados: leche, pan, mantequilla, queso, yogurt, jamonada... vegetales... fruta... casi siempre esta era mi comida, no me faltaba agua de la llave para llenar mi botella, y de vez en cuando compraba una cerveza o un almuerzo para llevar, y comer en un parque o en cualquier bello lugar al aire libre...
El centro de Praga fue mi lugar favorito durante esos siete días que estuve allí... Me gustaba pasear por el bello Puente Carlos y contemplar sus grandes estatuas... ver cómo los pintores diestros caricaturizaban a los turistas, ganaban diez dólares por retrato, toda una fortuna... así me dirigía hacia el Castillo... Hice honor a Franz Kafka visitando su casa museo muy cerca del reloj astronómico... y recordando sus novelas que revelaban lo absurdo de la existencia, la angustia provocada por lo infinito y nuestra ignorancia, y la risa como vía de escape de este absurdo. "Tal vez la vida sea sólo un gran juego"... yo me decía para mis adentros... "¿No ves que la vida no es más que un dulce juego?", le había dicho el río hablador a mi madre querida… Entre estas cavilaciones que turisteaban por mi mente, me encontré viajando por las capitales de Europa del este, me dejé llevar por los precios de oferta de los pasajes en tren, Budapest, Bucarest, Sofía y Estambul o Istanbul (la antigua Bizancio)... puerta de Europa a Asia.
No comprendía cómo había llegado a Istambul... me sentía un miserable punto en medio de la inmensidad... veía mis mapas y me sorprendía que estuviese caminando sola en un lugar tan lejano, tan desconocido para mí... por más que estuviese cerca de la tierra de mi amigo Massoud Khodabandelou... cerca de la tierra de las Mil y una noches... yo continuaba perdida en el laberinto de mi propia búsqueda...
Llevaba ya dos días en Istanbul y fui presa de un gran desánimo, sentía que yo no tenía salida, que estaba más que atrapada en un mundo sin sentido... Me sentí tan, pero tan abatida, que no me di cuenta cuando llegué a la bellísima Basílica de Santa Sofía... una antigua basílica ortodoxa convertida en mezquita... no lo podía creer... ¡Ohh, diosas y dioses!... era una preciosura de arquitectura... tan distinta a las catedrales cristianas pero igual de bella... no me cansaba de observar su exterior e interior... Como en todas las mezquitas, el nombre de Ala estaba por doquier... no hay imágenes... y mujeres, muy pocas se veían caminando por sus recintos... o raramente... "Tal vez deba continuar mi viaje a India por aquí, por Turquía", pensé... "de ser así, ya no iría a Grecia ni Egipto... pero conocería la tierra de Massoud y de las Mil y una noches... Viajaría por Siria, Irak, Irán, Afganistán, Pakistán, y llegaría a India"... Mas, el destino o el universo, nuevamente me señalarían a Grecia y Egipto como mis paradas olímpicas... pues simplemente no había acceso a estos países del medio oriente, porque continuaban los conflictos entre Irak e Irán, así que esa no era mi ruta...
Entonces, me quedé cinco días más en Istambul, para volver a la Basílica de Santa Sofía y corroborar que yo no estaba soñando y que los libros no eran suficientes para comprender el legado histórico... hacía falta nuestra presencia... estar por lo menos en el lugar de los hechos... También me quedé para conocer el puente Gálata que une oriente y occidente... era inmensamente largo y allí la gente iba a pescar... era tan distinto al Puente Carlos... Me quedé para recorrer el tan mentado Gran Bazar... la Mezquita Azul y otras mezquitas... desde cuyos minaretes se escucha a un almuédano anunciando la hora de la oración... Esto me llamaba mucho la atención, el "salat", que son las cinco oraciones diarias del Islam, obligatorio para todo musulmán; se trata de recordar a la Divinidad Suprema con humildad y sinceridad, de estar consciente de su presencia y de considerarse muy ínfimo ante su majestuosidad... siquiera cinco veces al día... de eso se aseguraban los fieles ingresando a una mezquita para entregarse a esta oración; muchos otros que se encontraban distantes de estos templos, se arrodillaban en el suelo, sobre una alfombrita que llevaban consigo, y se encontraren donde se encontraren, se orientaban fijos hacia la Meca en actitud de oración... Terminado este recorrido mío compré mi pasaje en avión a Atenas, que también estaba en oferta.
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