sábado, 19 de junio de 2021

THE WALL Y LA CATEDRAL DE CHARTRES DE PARÍS

Sasha se portó muy bien conmigo, fue mi guía turístico, mi anfitrión... pero no nos entendíamos más allá de eso; sin embargo, yo notaba que él también estaba en la búsqueda, en su propia búsqueda... en realidad, ¿quién no está en su propia búsqueda... "de lo que sea"?... mi búsqueda ya era clara para mí, yo buscaba un camino espiritual, un camino que me condujese al centro de mi propio laberinto... y para ello tenía que ver el mundo externo que me haría ver mi propio mundo interior... "cómo es afuera, es adentro"... así lo sentía... así era para mí... Moscú era una gran metrópoli más... con sus grandes avenidas y sus edificios modernos un tanto serios (luego de haber conocido la hermosa Estocolmo, en adelante todo me parecería menor), la gente caminaba de prisa, a todos los veía iguales... también los veía serios... ¿o sería mi imaginación?... los autos eran iguales y sus ushankas (sombrero ruso) también... y la multitud de gente que había en las estaciones y en los trenes era demasiado para mí... sin embargo, con nadie podía contactar... era muy difícil encontrar a alguien que hablase inglés... así que no nos entendíamos para nada; lo cual también me encantaba pues yo no era muy sociable que digamos, mis hermanos me decían: antisocial, nihilista, anarquista, incomprendida, jajajajaja... que sólo a mí podía gustarme un "neurótico" como Hesse... me decían de todo... "para lo que me importaba"... jijijijiji... pero mi madre me defendía de esos ataques... les pedía respeto para mí... ¡Ahh, mi madre!... nadie podía evitar que en medio de nuestras fiestas terminásemos filosofando con mis hermanos y por tanto discutiendo nuestros puntos de vista... Así era mi viaje, a veces los recordaba, me reía... los recordaba a todos... extrañaba a mi madre, a Elvirita... a Tina... sí... estaba extrañando a Tina... la recordaba desde el principio, cuando nos conocimos... recordaba cuando bailábamos juntas felices de la vida... a veces nos amanecíamos conversando, dibujando, fumando, escribiendo, tomando café... comiendo chocolate... me encantaba abrazarla de vez en cuando y ella se dejaba abrazar como una niña, a veces también ella me sorprendía con un abrazo, fue tan sencillo decirnos que nos amábamos... Tina era más alta que yo y era muy bella (aún lo es), bellísima... me hacía sentir que estaba al lado de la misma Greta Garbo o de Ingrid Bergman en persona... Tina había sido mi mejor amiga en Estocolmo... como también lo había sido mi querida Natik, Evita, Kristina... y nuestra infaltable (para Tina y para mí) Caroline, con su bella hijita Maya de seis años...

Ahora estaba viajando de Moscú a Berlín... pasando por Varsovia... Tenía que conocer la Postdamer Plats y la puerta de Brandeburgo, el lugar donde se había llevado a cabo el fantástico concierto “The Wall” de Pink Floyd (de quien yo era fan número uno) y de muchos otros artistas invitados. Cuando vimos este concierto en vivo y en directo en la TV, en Estocolmo, allá por julio del 90, con Tina y Caroline... quedé fascinada con este espectáculo sin igual y que fue tan significativo para el mundo entero y para mí... “el mundo estaba cambiando”... Allí se presentaron: Roger Waters, Cindy Lauper, Sinéad O'Connor & The Band, Joni Mitchell cantanto su espectacular Goodbye Blue Sky, Bryan Adams y tantos otros... Así crucé “the Wall”... por esa gran puerta, de oriente a occidente... me incliné ante el río Spree y compré mi pasaje en tren, directo a París...
En verdad, no era justamente París como ciudad lo que me atraía, sabía que era una gran metrópoli modelo a la que seguían otras ciudades del mundo, en su trazo de grandes avenidas y arquitectura de vanguardia... lo que realmente me atraía de París era su fantástico laberinto, ubicado en el piso a la entrada de su misteriosa Catedral de Nuestra Señora de Chartres... Hasta allí tuve que ir, para caminar de rodillas por aquel enigmático laberinto, de trece metros de diámetro, desde afuera hacia adentro... y completar aquel peregrinaje que hacían aquellos viajeros de la edad media que no podían ir a Jerusalén... llegando a su centro que era como un flor de loto de seis pétalos... allí puse mi pequeña pirámide y la destapé... y les pedí, con todo mi corazón, a la catedral y al laberinto... ¡Por favor, ayúdenme a encontrar la Verdad Absoluta!... Me mantuve un buen rato en esa postura... de rodillas, con los ojos cerrados y visualizando el Iggdrasil de mi pirámide... Terminado mi ritual, me senté sobre una banca para contemplar el místico espacio donde me encontraba... un lugar de total recogimiento, cuya altura se perdía por los cielos... donde las luces divinas y los ecos suaves de la música y de las mismas oraciones... ayudaban a los fieles a concentrarse en su Divinidad Suprema y encontrarse a sí mismos junto a ella, mientras le oraban, pedían, suplicaban... lejos del mundanal ruido...
Yo me encontraba feliz y agradecida por aquella inolvidable experiencia... y volví al centro de París para recorrer los principales hitos de esta gran ciudad... la famosa Catedral de Notre Dame; el río Sena, ya no estaba la misteriosa torre de Nesle que guardaba los secretos de Margarita de Borgoña... El Louvre con su pirámide de vidrio, allí me colé en un tour guiado para no perderme en laberinto de sus obras arte... Luego, la Torre Eiffel y los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, el famoso Moulin Rouge donde había cantado la maravillosa Edith Piaff, el barrio de Montmartre o barrio de los artistas... y el gran Centro Pompidou... de la que tanto hablaban mis profesores en la facultad...

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