Luego, por esos días conocí a Deepak, un muchacho hindú. Enrique y Tina lo conocieron primero y me hablaban maravillas de él, "es justo como para ti", me decían, queriéndome decir que ellos habían encontrado al hombre de mis sueños, jajajajaja... Acepté encontrarme con Deepak, porque ellos también le habían hablado de mí y a él le resultaba curioso que una peruana quisiese ir a vivir a India y no se quedase en Suecia donde todo el mundo quería vivir... y a mí también me entraba curiosidad por conocerlo, por saber por qué prefería Suecia a India que era la capital espiritual del mundo... Llegamos a citarnos por teléfono. Enrique y Tina estaban más entusiasmados que yo, porque otras eran mis intenciones. En fin, íbamos a encontrarnos en el centro comercial Åhléns, en el primer piso, en pleno Sergel storg, el corazón de Estocolmo, él había elegido el lugar y estuve muy de acuerdo, el centro era mi lugar favorito y también Gamla Stan, la ciudad vieja. En Åhléns había mucha gente, más bien me pareció raro que eligiera un centro comercial para nuestro encuentro, podía haber elegido una cafetería... yo hubiera preferido un parque, el Kungsträdgården, el parque del rey... Empecé a buscarlo en medio de la gente, la seña era que él llevaría su cabello largo recogido en una coleta; y yo tenía el cabello hasta el hombro, suelto, raya en medio... De pronto me atrajo un joven, no muy alto ni muy delgado, que estaba mirando unos zapatos en un escaparate, tenía el cabello sujeto en una cola, pero no era de color oscuro como yo me lo había imaginado, a Deepak; continué mirándolo aunque no fuese Deepak, ese hombre me había atraído fuertemente. Creo que al sentir mi mirada, él volteó y nos encontramos con los ojos, nos quedamos mirando fijamente y nos sonreímos... él era Deepak... y tenía los ojos azules, límpidos, diáfanos a medida que íbamos acercándonos lentamente, como hacen los viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo... y nos abrazamos un poco fuerte, reímos...
Nos fuimos a un parque a contamos nuestras historias. Él era de Bombay, siendo muy chico se le había despertado el interés por conocer occidente a quien Asia seguía en su desarrollo tecnológico. En Estocolmo se quedó admirado de la buena calidad de vida de los europeos en general y decidió quedarse a vivir allí por un tiempo. Y yo también le dije que quería ir a conocer esa cultura de la que tanto hablaban los místicos, su patria, India... yo quería conocer de su yoga y de sus gurus... "yo prefiero llamarlos guías espirituales", fue lo primero que me dijo, "en este tiempo no existen los gurus, los gurus son personas autorrealizadas", y yo lo anoté en mi cuaderno, empecé a anotar en mi cuaderno todo lo que él me decía con respecto al yoga y al guru, para que él se asegurara de que yo lo estaba entendiendo. Al despedirnos sabíamos que volveríamos a encontrarnos.
Mi madre llegó a Estocolmo en abril de 1991. Fue una gran fiesta inolvidable, prácticamente estábamos toda la familia allí en Estocolmo, sólo faltaban Mery, Silvia y Edith con sus familias. Alquilamos un departamento grande en Södermalm, al sur de Estocolmo, donde vivimos mi madre, Jorge, Natalia, Elvirita y yo. Fue una bella época; mi madre me había traído los libros de inglés de Enrique que había usado en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano; facilitándome enormemente este estudio. Y también mi madre me ayudó a ahorrar, ella guardaba el dinero que yo recibía diariamente, apenas me daba para mis gastos. Me hacía recordar a mi padre cuando él le daba todo su sueldo (a mi madre) para que lo administrase. Yo le había prometido a mi madre que no haría este mi gran viaje sin dinero, ella me decía que yo ya no estaba para viajar como una aventurera, "¡que me diera mi lugar!"... ¡Ayy, mi madre!... Sí, yo ya tenía la necesidad de ahorrar seriamente porque ya quería partir... Me di el plazo de un año, en el que ahorrase lo que ahorrase yo ya estaría partiendo.
En esa temporada me dediqué a pintar cuando tenía tiempo, era parte de mis juegos con Elvirita con quien tenía la dicha de compartir, mientras escuchábamos La Traviata y a Edith Piaff... Poco a poco, Elvirita fue convirtiéndome en su caballito de paseo, al cual podía montar a su antojo, ante el disgusto fugaz de mi madre que decía que yo seguía como siempre... "malcriando a mis sobrinos"... ¡Ah, mi madre!



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