domingo, 20 de junio de 2021

MI INOLVIDABLE ANNAPURNA

Primero lo alquilé por un mes, alquiler que negociamos en sesenta dólares bajo ciertas condiciones que tuve que cumplir, yo no tenía que ingresar huevos ni comida con carne al cuarto ni fumar en él... Tan luego me hube instalado en mi nuevo cuarto, le pedí permiso a la joven y bella Annapurna (ése era su nombre), para pintarlo, un gasto extra que correría por mi cuenta. Ella dijo que lo pensaría, "seguro va a consultar con su familia o con su marido", me dije a mí misma. El cuarto era grande, de cuatro por cuatro o un poquito más, había tres camas de fierro muy artísticas (de poco menos de una plaza cada uno) con sus respectivos mosquiteros, tres sillas, una mesa, un closet sin puertas, un ventilador en el techo, y un baño completo con inodoro en el vestíbulo del cuarto. Había un balcón... cuando me asomé por el balcón vi sorprendida hacia la derecha, el ashram de Sai Baba con sus cúpulas de líneas rosadas y celestes en fondo blanco, lo tenía frente a mis narices, el balcón daba a una calle principal que conducía al ashram, el corazón de Puttaparthi. Me sentí feliz. Bajé a buscar a Annapurna para que me prestara (hasta comprar) un reloj despertador, pues yo quería asistir a la meditación de la madrugada... cuando en ese mismo momento, ella también venía a decirme que sí podía pintar el cuarto dependiendo del color, porque el cuarto que era de color crema, en realidad no necesitaba pintura; pero le gustó la idea de pintarlo de blanco en honor a las islas de Grecia. Al mediodía del día siguiente aparecí en la casa con todo lo necesario para pintar el cuarto, incluso pinté la puerta ventana del balcón, de color rojo por fuera y por dentro, con bordes de color amarillo tal como había visto en las hermosas casas de la isla de Mikonos en el Mediterráneo... A Annapurna le gustó como quedó el cuarto, impecable, brillante, aunque se puso un poco dudosa del color rojo en la puerta ventana del balcón, a pesar de gustarle, porque era muy llamativo desde afuera, donde resaltaba sobre las paredes de color verde claro... pero aceptó... Si le decían algo... "¿quiénes?", le pregunté... "la gente", me dijo ella, "puede reclamar... pero veamos qué pasa"... Mas, nadie dijo nada durante mi estanza en aquel bello lugar.

Nuestro acercamiento con Annapurna fue mutuo y espontáneo... de repente, nada más que de repente, nos encontramos conversando y conversando... Ella se desenvolvía con el inglés mucho mejor que yo por supuesto... Tenía treinta y ocho años y yo tenía treinta y cinco... aunque Annapurna parecía de veintitrés, tenía la piel lozana, de un color bronceado especial... no era ni gruesa ni delgada, era casi de mi estatura... se peinaba con una trenza o una cola, mientras yo mantenía mi cabello corto. Cuando su esposo se iba a trabajar a su tienda de abarrotes que quedaba frente al ashram de Sai Baba, Annapurna subía al cuarto para ayudarme a desenrrollar los misterios en los que yo me encontraba... hasta la hora en que ella tenía que bajar a preparar su almuerzo, entonces nos despedíamos para volver a encontrarnos por la noche... muchas veces hasta que su marido la mandaba llamar con su hijo más pequeño. Tenían dos hijos, Ravi, de dieciséis años y Madhur de seis... Yo tomaba mis alimentos en un restaurante para gente hindú frente al ashram. La mayoría de extranjeros tomaba sus alimentos en el restaurante del ashram y otros especialmente construidos para ellos.
Lo primero que me explicó Annapurna fue "la misión revolucionaria" de Sathya Sai Baba, de educar a la humanidad bajo valores universales de ética y moral, como la verdad (sathya), rectitud (dharma), paz (shanti), amor (prema) y la no violencia (ahimsa); porque de lo contrario uno simplemente terminaría degradándose. Que nuestra educación no tenía se ser sólo mundana, relacionada al mundo físico para ganarnos la vida; sino también espiritual, relacionada a la divinidad inherente al ser humano, para conquistar el ciclo de nacimientos y muertes. "Tanto la educación mundana como la espiritual son esenciales", decía, "sin ellas la vida humana carece de valor". Annapurna me explicó tantas cosas... sobre aquella mesa que fue mi lugar de estudio... porque yo tomaba nota de todo lo que le escuchaba y de todo lo que me respondía... Annapurna me habló del Bhagavad-gita, del Mahabharata, de las costumbres y tradiciones de la India, de sus diosas y dioses, de sus templos, de sus líneas de pensamiento, lo cual me costaba entender... dijo que ella no había escuchado del mantra Hare Krishna ni sabía nada de su líder, y yo que no me acordaba del nombre de Srila Prabhupada... así que yo me encontraba como en el principio. Pero eso sí, ella me animaba a asistir a las meditaciones de la madrugada en el ashram de Sathya Sai Baba, incluso fuimos a la feria para que yo me comprara un punyabi blanco especial para estas meditaciones... Yo iba al ashram antes de las dos de la mañana para no quedarme afuera, porque había mucha gente (hindúes y extranjeros) que esperaba ingresar al templo para cantar el increíble Oooooommmmmm... Pero pronto ya no quise participar del famoso seva porque tenía las manos encalladas de tanto pelar maní... más bien, quería merodear por las instalaciones del ashram tal como lo había hecho en el ashram de Osho, pero no me fue posible... había muchas restricciones, muchas... hasta para ir al baño, "había que hacerlo por este lado y no por este otro"... lo cual empezó a fastidiarme realmente, teniendo que llevar mi queja a Annapurna, quien muy divertida me decía que eran reglas puestas por Sai Baba para "matar nuestro ego"... una novedad para mí nada fácil de asimilar de buenas a primeras... Entonces ella me aclaró el concepto de libertad de Osho que es "la libertad de ser uno mismo, y no aquel en que uno puede hacer lo quiere, porque nuestra libertad se acaba donde empieza la de los demás. Somos libres dentro de un espacio limitado", dijo, "marcado por nuestros propios valores y leyes sociales; por lo tanto, tenemos que aprender a convivir con la libertad de los demás"... Por último dijo que "la libertad es una paradoja porque en el fondo todos éramos tanto dependientes como autónomos"... Tenía tanto que aprender de Annapurna, que esto fue lo que me decidió a quedarme con ella todo el tiempo que me fuera posible... Así, fui conociendo a Annapurna poco a poco, fui conociendo a su familia; a su esposo Nitya, muy callado y respetuoso; a su hijo Ravi, deseoso de aventurar por occidente; a Madhur a quien Annapurna ya no podía abrazar como si fuera un bebe... también conocí a su hermana Lakshmi y a su familia, a algunos vecinos... y me llevó a conocer los lugares de Sai Baba, su museo, el árbol de meditación, el Planetario, el hospital... el lugar donde nació, el río y el bosque por donde él jugó y creció... Y varias veces fuimos a visitar a su elefanta Gita, quien se ponía muy triste cada vez que Sai Baba salía de viaje... y así fui conociendo el pueblo, por donde yo también empecé a caminar descalza con mi punyabi blanco.


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